Izamal, Yucatán, México

México en 26 días de mochileo

¡Oh dios mío, qué ganas de contarte esta ruta con tantísimo detalle!

Creemos que esta va a ser una de las mejores rutas de todo el blog. Tras la turra de 48 días en Chile y 27 días en China, tenemos muchísimas ganas de escribiros esta ruta día a día. Esto normalmente no sucede, porque como improvisamos bastante, se nos tuercen los planes o simplemente alargamos más de lo que normalmente se puede, y tampoco nos quedan unas rutas demasiado bonitas para alguien que busca hacer unas vacaciones de dos semanas o un plan más típico. Pero en los 8 días que llevamos en México, todos los planes nos están yendo tan bien, que esto es digno por una parte de que lo recordemos para toda la vida, y por otra, de que os lo copiéis de mala manera.

Una previa: nosotros veníamos de Costa Rica, y el plan era seguir hacia Nueva York. Entre una cosa y otra, le dedicamos a México 26 días. El plan era aterrizar en Ciudad de México, estar unos días, desde ahí volar a Mérida, que era el vuelo al Yucatán más barato, y desde ahí dar vueltas hasta terminar en Cancún, dónde volar a Nueva York. Tú cuenta que si tomas la gran decisión de copiarnos, debes aterrizar en Ciudad de México y volver a casa desde Cancún. O hay quién elegiría fatal y no iría a Ciudad de México para ahorrarse unos días de vacaciones. Feel free! Si es así, tan solo tenéis que robarle 5 días a Ciudad de México, aterrizar en Mérida directamente, y ya está.

Bueno, dicho esto, ¡allá vamos! Enciende la impresora, la fotocopia o lo que sea que tengas y ¡prepárate para copiarte este rutote!


Ciudad de México. Del día 1 al día 5.

Bueno, para empezar, en Ciudad de México (a partir de ahora, CDMX, que queda más trendy, cool, modernete y sobretodo, corto) hay dos barrios que parece que están bien para dormir: uno de ellos es Roma, y el otro, Coyoacán. Roma es un barrio un poco de expats. Todo es bastante... europeo. La versión mexicana de los locales, tiendas y locales chic de Barcelona. Ese ambiente hipster y un poquitín aburrido. Un barrio tipo ensanche. ¡Oh! ¡Basta ya! Estuvo bien para visitarlo un día, pero para dormir, mejor la segunda opción: Coyoacán. Y antes de seguir hablando maravillas de nuestra casita por cinco días, a lo mejor os sentís tentados de dormir en el centro histórico. Y os diremos que también es bonito para visitarlo un día, pero es demasiado céntrico: muchísima gente para tan pocos restaurantes locales.

Ahora sí, hablemos de nuestra casita: vivimos y dormimos 5 días en Villa Alfonsina, un hotel familiar regentado por una pareja de señores y un chico de unos 30 años. Eran todos un amor. La habitación era genial, el precio muy correcto, estaba en el barrio de Coyoacán, y encima, a cruzar la calle de La Casa Azul, el Museo de Frida Kahlo.

En nuestros cinco días en CDMX fuimos a tres museos, y hubieran sido cuatro si algo cultural abriera el lunes. El primero fue el Museo Nacional de Antropología, un museo que nos recordó la National Gallery de Londres: enorme, enorme, enorme. Muchísima información de antiguas civilizaciones que ocuparon el territorio que ahora es México. Fue el museo que más nos gustó de CDMX. Te interese o no el tema, hay tantísimas cosas tan bien cuidadas, que seguro que te gustará. Si no, es que tienes horchata en la sangre. Por cierto, luego te comentamos, pero en México sirven agua de horchata... El segundo museo fue La Casa Azul, el Museo de Frida Kahlo. Es un imperdible. Aunque seas un ignorante de las artes y un insensible de la vida, La Casa Azul te despertará algo. Nos fuimos un poco decepcionados porque no había tanta obra de Frida como nos hubiera gustado, pero alguna de sus obras nos regiró el corazoncito más de lo que nos pensábamos. Y el tercero fue el Palacio de las Bellas Artes, en el centro histórico. En él encontramos la vida y milagros de un artista muy importante que conoció a Aldous Huxley y Ray Bradbury, pero lo que más nos gustó fueron los murales enormes que habían de varios artistas que formaron parte del muralismo mexicano, entre otros Diego Rivera, el señor que se daba besitos con nuestra cejijunta favorita.

Y a parte de museos y pasear por el centro histórico, hicimos otra cosa: comer demasiado. Pero demasiado demasiado. No es para hacer la gracia: en CDMX fue el único lugar de un año y medio de viaje dónde tuvimos que tomar sal de frutas para acelerar un poco la digestión. Antes de nada, os avisamos: pedid la mitad de lo que pediríais. Y no vayáis de fuertecitos, que nosotros también lo vamos y terminarse los platillos, como dicen ellos, fue muy duro. Ahora sí, ¡hablemos de comida! Vamos a poner los restaurantes que más recordaremos de todos los que visitamos:

La cocina de mi mamá: uno de los dos restaurantes que visitamos en el mercado de Coyoacán. Un día almorzamos ahí, y el otro, desayunamos. Las dos fueron comidas copiosas, con especial mención al desayuno, dónde una sincronizada que apareció el doble de grande que nos esperábamos nos dejó sin almorzar ese día, y por poco, de merendar y cenar y desayunar al día siguiente. El almuerzo fue lo más especial, protagonizando un arroz con mole y unas calabacitas rellenas de queso. ¡Oh!

Taquería los Parados: otro restaurante cerca del hotel. En este caso un restaurante especializado en tacos. Fue nuestra primera y última cena en CDMX. No nos pareció súper especial, ni súper barato ni súper nada, pero es el típico restaurante de barrio que cierra a las tantas, dónde siempre hay gente y que, encima, era el único que estaba abierto el día que aterrizamos a CDMX.

Taquería Álvaro O: la taquería dónde comimos en nuestra escapada por el barrio de Roma. Como queríamos algo ligerito, pedimos sólo dos tacos... pero no entendíamos que eso significaba que eran dos órdenes de tacos, y por tanto, cuatro tacos en total. Terminamos con la barriga demasiado llena de unos envueltos de queso frito que enrollaban carnes por un lado y champiñones por el otro. Y aquí fue dónde descubrimos el sagrado grial mexicano: ¡puedes pedir horchata para comer! Es horchata de arroz en vez de chufa, y a veces está un poco aguada... ¡pero puedes pedir horchata para comer!

Los tres coyotes: un restaurante que tiene dos locales: uno en el mercado de Coyoacán, y otro a unas tres calles de ahí. En el del mercado desayunamos (por supuesto, demasiado), y en el del exterior almorzamos una ensaladita y un guacamole. ¿Y de beber? ¡Otra horchata! Es un restaurante súper típico, que como todos los que te comentamos, está a petar.

Salón 16: el restaurante dónde almorzamos tras dar muchísimas vueltas por el centro. Nos zampamos un queso derretido con chistorra (¡ojo!) y medio quilo de carnitas. Las carnitas son trozos de carne de cerdito, cocinadas con agua y sal durante unas cuatro horas, y luego servidas con tortillas. O eso nos explicaron. El resultado es una carne grasosita, perfecta para acompañar la ligera ración de queso con chistorra. Volvimos dando vueltas a casa, por supuesto.

Café el Jarocho: impresionante. En esta cafetería nunca hay sitio para sentarse. Así que la clientela ocupa la calle y se sienta por dónde puede. Sirven un café que en teoría es delicioso pero a nosotros nos pareció normalito, y donas. ¿Donas? Sí, donas. Una dona es lo que vendría a ser un donut, pero hecho en casa y pronunciado con un acento mexicano muy guay. Y sí, de verdad que en el menú ponía "dona", jijiji

Por cierto, para moverse por CDMX hay dos opciones: ir en metro o en autobús, que vale 5 pesos por persona (0,23€), o ir en Uber. Para que te hagas una idea, ir del hotel a Chapultepec en Uber cuesta unos 5€, lo mismo que ir del hotel hasta el aeropuerto. Una solución para vagos que está muy bien cuando en CDMX se sienten los 35ºC a mediodía.

Y sobre andar, anduvimos bastante por el parque de Chapultepec, por el centro histórico y por Coyoacán. Muy bonito todo. Muy normal también. Llevamos demasiado tiempo de viaje así que es difícil que nos sorprendan las cosas... ¡pero visita el Museo Nacional de Antropología, recuerda!

Al quinto día nos desperamos a las 3:30, porque teníamos que ir al aeropuerto, porque nuestro avión hacia Mérida salía a las 6:15... que sueño. Pero bueno, así dejamos CDMX y llegamos a

Mérida. Del día 6 al día 7.

En Mérida disfrutamos, por primera vez, del horror de vivir a 40ºC en México. Está bien si te gusta deshacerte por dentro. Es una sensación genial, sobretodo cuando tus parientes catalanes están sufriendo una ola de calor que también los tiene a 40ºC y ves que sus memes sobre su clima se emparejan perfectamente con el tuyo. ¡No estás solo!

Dice @clara.fosca que parece que ponga merda 💩

Mérida, cuando no hace tanto calor, es un lugar bonito, con personalidad. A ojos comunes es una ciudad con poca cosa, pero si te fijas, todo está pintado a todo color y tiene detalles que enamoran mucho, como unas sillas en la plaza principal dónde hacerle fiestecitas a tu pareja. Si vas, ¡ya las verás! Que demasiado spoiler te estamos haciendo ya...

En Mérida también visitamos un museo, el Museo Fernando García Ponce - Macay. Toma ya. Es un museo de arte contemporáneo y protagoniza lo abstracto, que a nosotros no nos llegó demasiado. Pasada la treintena de edad ya no estamos para cosas complicadas. ¿Más de un botón? ¡Imposible!

Arte conceptual en el museo del nombre largo
Si te tenemos que recomendar un lugar para comer en Mérida este será La Chaya Maya, un restaurante de toda la vida que ofrece cocina yucateca a precios correctos. Fuimos dos noches. La primera, pedimos la cochinilla pibil, una orden de vaporizados, y agua de horchata, que resultaron dos litracos que nos dieron para la cena y para el desayuno del día siguiente. Y el segundo día ordenamos una ensalada de verduras y unos tacos fritos que nos parecieron un poco raros. Es lo que pasa por atreverse.

Por cierto, nosotros estuvimos dos días enteros Mérida, pero si vas corto de días, puedes arrancarle un día a Mérida. O los dos, si tal como aterrizas alquilas un coche y te marchas. Si decides quedarte, nosotros dormimos en un hotel correcto llamado Casa XunanKab. Habitación doble, baño privado, aire acondicionado y una neverita: lo imprescindible para sobrevivir a 40ºC.

Ruta Puuc. Día 8.

Al tercer día nos despertamos temprano, desayunamos caro y mal en la archiconocida Cafetería Impala, alquilamos un coche pequeñísimo en Yucatán Vacations por 550 pesos al día (25€), y nos marchamos en nuestro nuevo bólido a recorrer la Ruta Puuc: una zona arqueológica con muchas ruinas, entre ellas Uxmal, que por lo que dicen en internet es un imperdible. Como nos da igual perdernos lo imperdible y la entrada valía 413 pesos por persona (19€) y 80 pesos para aparcar el coche (3,67€), decidimos saltárnosla e visitar las otras ruinas más humildes, que valen 60 pesos por persona (2,76€) y aparcar es gratis. Te vamos a hacer los deberes y a ponértelo muy fácil: nosotros encontramos muchísima información en Yucatán Today, una revista en papel que nos dieron en la agencia de coches. Y hemos encontrado la versión digital del artículo de la Ruta Puuc. A nosotros nos fue de perlas para saber los precios y qué ruinas saltarnos. Por supuesto, si no hace un año y medio que viajas y tienes el presupuesto que brinda ocho horas al día delante de un ordenador, no te saltes Uxmal. Y alquila un coche grande, aunque no sea necesario porque la carretera está bastante bien. Y compra esta app para dejar de fumar, fumes o no fumes.

En vez de entrar a la Ruta Puuc por las Grutas de Loltún, fuimos hacia Uxmal para ver si era muy rollo Port Aventura, y sí que lo era. Así que seguimos nuestra ruta ajustada al presupuesto mochilero. Fuimos a tres ruinas: Kabah, Sayil y Labná. No son gran cosa, pero es un primer acercamiento a la arquitectura maya. Para nosotros fue una experiencia recomendablísima.

Los restos arqueológicos de Kabah, en la Ruta Puuc de Yucatán

Por lo que hace a dormir, nosotros nos alojamos en el pueblo de Ticul, donde estrenamos la temporada de piscinas en la Posada El Jardín. Y también empezó la temporada de dormir en habitaciones de dos camas de matrimonio. ¡Les sobra el espacio! En este hotel disfrutamos de la compañía del señor que lo regentaba, que nos recomendó uno de los mejores restaurantes humildes dónde hemos comido en México: el Lucinda. Increíbles nachos con pollo e increíbles tacos arranchera.

Día de cenotes yucatecas. Día 9.

El noveno día lo dedicamos a conocer tres cenotes yucatecas: el Yaal-Utzil, el Kankirixche y el Yaxbacaltun. 30 pesos, 60 pesos y 30 pesos respectivamente. De nuevo, si tienes un presupuesto de ocho horas al día frente al ordenador y ya has comprado la app de dejar de fumar, muchos lugareños nos recomendaron los cenotes de Cuzamá. Parece que son 3 cenotes que están juntos y son preciosos, pero nos tiró atrás la entrada de 400 pesos por cabeza. ¡Que a ti no te eche atrás!

La llegada al primer cenote: el Yaal-Utzil

Tras mojarnos mucho en muchos lugares, conducir rodeado de mariposas y cruzar unos mil pueblecitos mexicanos aproximadamente, llegamos a Izamal, donde dormimos. Nos alojamos en los Departamentos X'Kanlol: una habitación enorme y parking para el cochecito. En busca de la exquisita cena de la noche anterior llegamos al Café los Arcos, que cumplió con la alta expectativa. Y tras la cena, estuvimos escribiendo este post y fuimos a dormir temprano, porque la idea era despertarse temprano el día siguiente. Por cierto, a Izamal lo llaman "el pueblo amarillo", y ya veréis por qué. Es muy cuqui.

Chichén Itzá y Valladolid. Día 10.

Al día siguiente nos despertamos a horas intempestivas para llegar al Chichén Itzá antes de las 10:00, como nos habían recomendado los mexicanos con los que nos cruzamos. Y así lo hicimos. Fuimos de Izamal al Chichén Itzá por la carretera de pago, que son dos carriles y pudimos poner el bólido a 110km/h sin escaparnos de la legalidad. El peaje costó 100 pesos (4,60€). Desayunamos mediocrete de camino en la Lonchería los Arcos. Y en nada llegamos a Chichén Itzá. La entrada fueron 480 pesos por persona (22€) y 80 pesos del parking (3,67€). Se puede aparcar fuera, de gratis, pero como llevábamos las mochilas con nuestros hogares dentro, nos dio cosa. Por cierto, la entrada nos pareció cara al principio, pero la verdad es que cuando salimos, salimos muy contenticos.

Anna le enseña a hacer la rueda a la séptima maravilla del mundo

Sobre el mediodía pusimos rumbo hasta Valladolid. Nos habían dicho que era una ciudad muy bonita y tal, pero la verdad es que por gustarnos, nos gustó más Izamal y Mérida. Lo más destacable de la ciudad fue el helado de chocolate que nos comimos en Wabi Gelato, y el hotel dónde nos alojamos, el Hotel Peregrina, donde dormimos tres veces: tal como llegamos, tras almorzar y tras cenar. ¡Qué camas tan enormes! Esa tarde vivimos un tormentazo, con los truenos más fuertes que hemos oído jamás, así que si el pueblo no nos gustó, a lo mejor es que el tiempo tampoco acompañó. Pero si te podemos dar un consejín, sáltate Valladolid. Como mucho ven a hacer un heladito, y vuelve a dormir a Izamal, bien amarillo.

Día de moverse: de Valladolid a Mérida y a Bacalar. Día 11.

Este día es un día un poco largo: despertarse en Valladolid tempranito, conducir hasta Mérida para devolver el coche de alquiler, comprar una GoPro nueva en el Walmart porque la antigua dejó de funcionar mágicamente, y subirte a un autocar de la empresa ADO hasta Bacalar. El trayecto Mérida Bacalar cuesta 488 pesos por persona (22,50€) y dura unas cinco horas. Los autocares ADO salen de la terminal ADO came, en el suroeste del centro. Suficientemente lejos para ir en Uber y conocer a otro taxista amable, como todos los mexicanos.

En Bacalar hay un montón de restaurantes, que de momento no os vamos a comentar porque en Google Maps hay mucho para elegir con mucha nota. Pero lo que sí que vamos a deciros es que nos alojamos en el hotel Gran Balam, uno de los hoteles más baratos que encontramos a último momento, y que no está cerca del centro, pero nos cuidaron mucho y las camas eran muy cómodas No muy grandes, pero habían dos de matrimonio por habitación, que a estas alturas ya hemos visto que en México es lo habitual.

Bacalar. Del día 12 al día 16.

Nuestros cinco días en Bacalar se basaron en tener una rutina como de gente mayor. Nos despertábamos a la hora límite para desayunar en el hotel, hacíamos el vago hasta la hora de almorzar, almorzábamos en algún restaurante normalito, y directos a bañarnos a la laguna. El único día que variamos la rutina fue el día que hicimos un tour en barquita a motor por la laguna. Nos llevaron a ver un par de cenotes sin podernos bañar, luego fuimos a una islita muy bonita a no hacer nada, y luego al Canal de los Piratas a saltar desde un murito para ver si nos hacíamos daño o no. ¡Y oye, todo muy bien!

¡Así luce el Canal de los Piratas! Y nosotros, y nosotros.

Nuestro plan era estar en Bacalar tres días pero alargamos a cinco. Ya ves, nos enamoró mucho. El agua es del color turquesa más bonito que hemos visto en un año y medio de viaje por el mundo. Es muy mágico. Emboba mucho. Además, durante la temporada en la que estuvimos en México las playas que daban al Atlántico estaban llenas de sargazo. Nos daba palo dejar la laguna para ir a una playa en la que no podríamos bañarnos y que encima, estuviera feúcha. Así que estuvimos alargando en Bacalar, con agüita turquesa, bien limpia, con poco turismo y precios amigables.

Si quieres ver más fotos de la Laguna de los 7 colores, que es como le llaman a la laguna de Bacalar, dale un vistazo a estos dos posts en Instagram, ¡que son muchas fotos y se nos llenaría la ruta de color! Ahí van: link al primer post + link al segundo post.

El último día, nos despertamos a horas más comunes y fuimos a la estación de ADO a subirnos al autocar que nos llevaría a

Tulum. Del día 17 al día 18.

Hay gente que dice que Tulum es el Bali de México, pero claro, eso será cuando no hay sargazo. Cuando nosotros vinimos había muchísimo sargazo, y una mancha de 1.000 km² aproximándose a Cancún. Perfecto.

En Tulum tan solo fuimos a visitar las ruinas, a pedalear y a comer. Es clave que sepas que por Tulum la gente se mueve en bicicleta porque es muy planito, y hay un carril bici que va desde el pueblo hasta las ruínas, dónde además, hay un sitio para aparcar y atar las bicicletas. Así que es un punto alojarse en un hotel que te preste bicicletas durante el día. Nosotros nos alojamos en el Hotel Turquoise Petit, el hotel más bonito de nuestra rutita por México, y además, el que tenía más piscinas.

Que sepas que de aquí en adelante, dirección a Playa del Carmen, Cozumel, Cancún, Isla Mujeres y Holbox, los precios de todo casi casi se duplican. ¡Es momento de dejar atrás el hippismo y adentrarse al turismo norteamericano!

La segunda mañana nos despertamos a horas correctas y fuimos a la estación de autocares de ADO, dónde compramos dos pasajes hacia Playa del Carmen con la empresa Mayab, que cuentan con autocares más humildes, pero que valen 44 pesitos en vez de 88 (2€ en vez de 4€).

Playa del Carmen. Tres horitas del día 19

Nuestra idea en Playa del Carmen era comprar una carcasa para poder submergir la GoPro a más de 10m bajo el agua, almorzar y tomar el bus hacia Cozumel. Y así lo hicimos. Si alguien lee estas líneas y se encuentra exactamente en la misma situación que nosotros, que sepa que es facil encontrar la carcasa de la GoPro 7 Black, pero no la de la GoPro 7 White. Pero la encontramos, por supuesto de origen chinorri, y pagamos 1.100 pesos por ella (51€). ¡Oh! Y comimos en un tailandés llamado Po Thai que fue muy pero que muy bueno. ¡Grandes recuerdos del massaman y el pad thai con Biel, Eri y Esteve!

Tal como nos comentó el hostel dónde nos alojaríamos en Cozumel, la empresa que elegimos para el ferry fue Ultramar. El boleto de ida y vuelta a Cozumel son unos 40€ por persona. Si quieres mirar si ha cambiado el precio, dales un vistazo a su web oficial.

Cozumel. Del día 19 al día X.

¡Oh! ¡Dolor! Nuestro plan a partir de aquí era sacarnos el certificado de submarinismo Open Water, pero de estar tantos días en la piscina, a Anna le empezó a doler el oído y resultó ser una otitis que se curaría en cinco días. Así que en Cozumel hicimos un parón que se nos comería el resto de la ruta por México.

Te vamos a comentar las cosas que hemos ido aprendiendo estos días. La cosa está un poco mal si vienes con un presupuesto ajustadito. Compartamos como buenos hermanos los números que conseguimos:

Como no hay transporte público hasta las playas cuquis, tienes que alquilar una moto o un coche. La moto cuesta unos 350 pesos de media (16€), y el mínimo que nos han pedido por un coche con aire acondicionado durante un día son 800 pesos (37€). Son precios bastante locos por lo nefasto del estado de las máquinas de por aquí.

Sobre los tours de snorkel, salen a unos 1.250 pesos de media por persona (58€). Muy loco.

Sobre el certificado Open Water, nos mejor que nos han ofrecido son unos 400 USD (355€). Al final, como nos daba cosa pasarnos tantos días bajo el agua nos decidimos por hacer dos inmersiones en un día, eso que al principio te enseñan todo lo que tiene que ver con seguridad, y pagamos 140 USD (124€).

Nos alojamos en dos sitios: el Hostel Caribo Cozumel y el Villa Las Flores. El primero no nos gustó demasiado, porque era el más barato de Cozumel según Booking, pero no había mucho amor en las instalaciones. Y el segundo nos encantó, porque fuímos a preguntar en persona y nos salió más barato que el primero, y encima las habitaciones eran mucho más bonitas. Todo dentro de la humildad, pero así nos movemos nosotros.

Nuestro resumen sobre Cozumel es que las cosas por aquí son muy caras y tampoco son tan bonitas. Si te gusta hacer submarinismo es una parada obligada, pero si lo que buscas son las típicas playas blancas de ensueño que has visto en Instagram, es un sitio un poco difícil para moverse, te sientes un poco encerrado, y encima los precios son una locura. ¿58€ por un tour de snorkel? Vayámonos a Indonesia o Filipinas a la de ya.



Este post lo empezamos a escribir en Izamal, Yucatán, México

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